miércoles, 17 de noviembre de 2010

Distopía: Antecedentes Históricos - Capítulo II


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Capítulo 2: Ciudades Estado

La escasa población que sobrevivió, menos de un 10% de la población mundial, se aglutinó en las grandes ciudades, que habían conseguido superar la crisis gracias a la implantación, escasa pero existente, de tecnologías alternativas a los combustibles fósiles. Sin embargo, el proceso fue difícil puesto que la demanda de energía y recursos pasó de ser meramente marginal, a ser abrumadora.

Desde el principio, tanto los recursos agotados como los emergentes, estaban controlados por grupos de poder. Las luchas por los nuevos recursos, asegurar el suministro y controlarlo implicaron sobre todo a grupos ya establecidos. Sin embargo, surgieron nuevos contendientes en esta lucha, grupos que habían invertido principalmente en las energías renovables y recursos sostenibles, especializándose y obteniendo un mayor grado de desarrollo en estas áreas. Estos grupos, pese a ser económicamente menos poderosos, emergieron como “caballeros blancos salvadores”, y así se autoproclamaron, salvadores de un mundo que iba cuesta abajo y sin frenos.
Gracias a esta situación y a la sensación general de que los grupos más poderosos habían actuado como sanguijuelas, los nuevos grupos derribaron a los anteriores gigantes energéticos, que se habían visto fuertemente debilitados debido a que su estructura centralizada se había derrumbado por el colapso social y de comunicaciones.

El colapso de la sociedad centralizada e informatizada además provocó el final del sistema financiero como se conocía. De pronto, las tarjetas de crédito no valían más que un trozo de plástico; una cuenta en un banco no valía más que un fichero de datos en un ordenador apagado y las monedas pasaron a usarse como pisapapeles pues la aleación de los materiales era poco rentable fundirse. Los bancos como entidad desaparecieron, siendo sustituidos por empresas más pequeñas, muchas veces uniones de varias oficinas cercanas, ni siquiera normalmente de la misma entidad, que comenzaron a asumir una función mixta entre casa de empeños y usureros.

Además, como efecto añadido a éste, se produjo la fragmentación territorial de la sociedad humana, dada la incapacidad para mantener comunicaciones fluidas entre ciudades, además de cualquier logística de transportes que implicaba entregarle tus recursos a otro. Los gobiernos de las ciudades volvieron su atención hacia si mismas, así como los influyentes y poderosos se ocuparon de encargarse de su casa antes que la del vecino.

Se formaron nuevos grupos de poder que, en una sociedad acostumbrada a la comodidad ahora sometida a un terrible rigor y escasez, acabaron siendo aquellos que fueron capaces de proveer suministros a aquellos que pudieron pagarlo. La comida fresca y las medicinas se convirtieron en un lujo, no sólo por su obtención si no por su conservación. La energía eléctrica era el nuevo bien de lujo, la nueva ambrosía que marcaba la diferencia entre una vida en el infierno de la nueva Edad Oscura, y poder vivir en el olimpo de la comodidad.

Costó un tiempo adecuarse a la nueva situación, pero finalmente la esfera de poder tuvo sus vencedores: los nuevos magnates y dirigentes serían aquellos que pudieran proporcionar energía y bienes varios a la sociedad, convirtiéndose en una oligarquía. La forma concreta de gobierno varió en cada región, adaptándose los poderes gobernantes recién surgidos a las formas necesarias para la aceptación del nuevo orden por la sociedad.

Una vez estabilizada la autoridad y los grupos de poder, era el momento de dar forma al nuevo orden social. En este momento, los grupos de poder posaron su mirada en el caos que era la sociedad, privada de medios financieros, sanitarios y todo tipo de comodidades. Cada persona luchaba con su vecino por un bote de comida, cada barrio con el contiguo por apropiarse una torre de alta tensión, y un distrito contra el vecino por una instalación sanitaria.

El ser humano siempre se ha caracterizado por ser capaz de vender al prójimo por un precio que considere aceptable, y esta vez no fue una excepción. Un barrio conseguía luz, pero no tenía comida...y su vecino al revés. Los poderosos fomentaron los conflictos sociales de forma encubierta gracias a sobornos, chantajes, mentiras y abusos, echando abajo cualquier iniciativa de colaboración popular; después actuaron públicamente como mediadores y conciliadores, aparentemente poniendo de su parte para que todo el mundo se pusiera de acuerdo y tuvieran una parte de las migajas que quedaban de la sociedad.

Mientras hacían eso, lentamente introducían el gusano de la avaricia en aquellos más influyentes, ofreciendo compromisos a cambio de promesas. Poco a poco, todo fue cayendo en manos de los mediadores, a veces sutilmente y a veces no, hasta que de nuevo la sociedad estaba controlada por los poderosos.

Se dictaron nuevas leyes, nuevas formas de gobierno y de ordenación. En algunos lugares se estableció un gobierno por el miedo y la fuerza, en otros mediante ilusiones de poder, pero el resultado siempre fue el mismo: una pequeña élite, siempre con grandes recursos, ejercía el poder de forma directa o indirecta. La sociedad, en muchos casos escasa de los bienes más básicos, nuevamente era una bestia amaestrada y dirigida.

Las clases sometidas pasaron un periodo de tranquilidad, escasos años, en los que parecía que la sociedad se resignaba a vivir con un puñado de comida al día, el orgullo de haber superado la mayor crisis social que el ser humano había conocido desde que se separó de su hermano el mono y la mayor epidemia que el planeta había conocido nunca, mientras unos atentos gobernantes se preocupaban de que si no había mucho de nada, todos tuvieran un poco de algo.

Sin embargo, no duró por siempre. Cuando todo parecía estable, las nuevas ciudades estado levantaron la mirada, y descubrieron que no estaban solas, que no existían sólo ellas. También existían los que serían llamados, forasteros.
---------------------------------------- Fin capítulo 2

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