viernes, 18 de junio de 2010

Po Xin, el corazón misericordioso



Po Xin nació con estrella. Nació en una buena familia, con dinero y buena posición; pero no lo suficientemente influyente para ser amenazada por motivos políticos o económicos, por lo que creció en una familia libre de amenazas.
Po Xin además fue el cuarto hijo de la familia, con dos hermanos y una hermana mayor. Nació además cuando la edad de su madre estaba bastante avanzada, por lo que todas las expectativas y las necesidades que necesitaba la familia estaban ya cumplidas, y no tuvo ninguna obligación impuesta por la familia para cumplir con ningún deber. A esto hay que sumar que nació cuando ya nadie esperaba que su madre fuera fértil, y con diez años diferencia de edad con sus hermanos. Por tanto, disfrutó de todo el cariño y la atención de sus padres.
De esta forma, Po Xin creció en un entorno magnífico, cómodo y con todo lo que necesitaba. Se crió en un ambiente en el que no había sufrimiento, no había incomodidad, y todo lo que quería lo tenía al alcance de la mano.
Así vivió su infancia, hasta que algo cambió su vida.
Un día, el padre de Po Xin tuvo que marchar para cerrar uno de los numerosos tratos comerciales de la familia. Sus hermanos, como siempre, estaban fuera luchando en alguna guerra, o librando a la nación de algún bandido, o disfrutando de la vida después de una gran victoria. Su hermana, ya casada, no vivía en la casa. Y su madre se sentía indispuesta, y se marchó a ver al boticario de la ciudad. Po Xin se quedó sólo en casa, con su institutriz.
Po Xin y su institutriz estaban jugando tranquila y despreocupadamente. A Po Xin se le ocurrió que sería divertido jugar a esconderse, y fue lo que hizo. Dio la vuelta a la casa, y se subió al muro que daba a la calle, escondido tras un farolillo. La institutriz se puso a buscarlo, y no podía encontrarlo. Po Xin estaba disfrutando muchísimo del juego, y más todavía cuando vio que su institutriz ahora le buscaba acompañada.
Tanto estaba disfrutando del juego, que no se dio cuenta de que algunas tejas del muro estaban sueltas. Y cuando hizo un movimiento brusco para taparse la boca y que no se le escaparan las carcajadas, las tejas cedieron y Po Xin cayó hacia atrás.
El golpe fue tremendo, y cuando despertó, vio la cara de otro niño frente a él. Se parecía, pero al mismo tiempo eran muy distintos: su piel era más tirante, su tez más pálida, sus ojos tenían sombras bajo ellos y su pelo parecía sucio y enmarañado. Además, olía fatal, como si fuera comida estropeada, o incluso, si hubiera pisado los excrementos de algún animal, o peor...se los hubieran restregado por el cuerpo.
Cuando el muchacho se acercó a tocarlo, no pudo evitar intentar apartarse. Pero no pudo, no podía moverse, y tuvo que aguantar que aquel maloliente y sucio chico le ayudara a levantarse. Le ayudó a ponerse en pie, pero de forma casi inmediata escuchó un grito.
Su institutriz, acompañada por el jardinero, había salido a la calle y les estaban mirando. De pronto, el jardinero profirió algo similar a un gruñido y, armado con una rastrillo para las hojas secas, golpeo al muchacho que le había ayudado, hasta que éste, golpeado y vapuleado, salió corriendo y se escabulló como pudo por una esquina de la calle.
Esa tarde, los padres de Po Xin estuvieron especialmente atentos con él, pero parecía distraído.
- Papá, ¿que le pasaba a ese niño? ¿No era como yo?
- Claro que no, hijo.
- ¿Por qué, papá?
- Porque tú eres nuestro pequeño. Y por eso, eres especial.
- ¿Sólo por eso?
- No sólo por eso.- Respondió su madre.- Tanto tu padre como yo somos especiales, y tú, por ser nuestro hijo, eres especial.
- Y sus padres, ¿no son especiales?
- ¿Cómo los tuyos? - Respondió su padre.- ¡Nadie puede ser tan especial como nosotros!
Y el padre le dio un abrazo fuerte, lo besó, y le acarició la cabeza. Po Xin pareció tranquilizarse, y al poco rato, sus padres se marcharon. Pero según salían de su estancia, Po Xin pronunció una frase medio adormilado por las medicinas que le habían dado a causa del golpe, una sencilla frase que salida de la boca de un niño de diez años nadie podía esperar que marcara hasta tal punto el destino de un hombre:
- Papá...mamá...ese niño parecía tener hambre... ¿podría merendar conmigo mañana?

Este fue el principio del cambio de la vida de Po Xin. Conoció a Wang Ming, el niño que le había ayudado aquel día, y juntos jugaron durante días, en la casa de Po Xin. Pasado un tiempo, Po Xin le hizo una pregunta a Wang Ming:
- Amigo mío, ¿todos los niños fuera de mi casa son como eras tú?
- ¿Como era yo? ¿A que te refieres?
- Estabas sucio, olías mal, y eras muy delgado. Ahora estás limpio, y tienes mejor aspecto.
- No, no todos son como yo. Sólo los pobres, pero tú no eres pobre, y no puedes entenderlo.
- Pobre...- Po Xin no había oído nunca esa palabra.- ¿Que es ser pobre?
- ¿No lo sabes? Pobre es no tener para comer siempre que quieres, ni todo lo que quieres. No tener a alguien que cuide de ti en todo momento, ni que te cure cuando estás enfermo. No tener una casa tan grande y espléndida. Y sobre todo, contemplar el sufrimiento impotente de tus padres, que no pueden hacer más por sus seres queridos. Pero eso tú, no creo que puedas entenderlo.
Wang Ming se marchó ese día, y no volvió a aparecer en casa de Po Xin.

Po Xin no volvió a ser el mismo, y comenzó a preocupar a sus padres, que intentaron de todo para poder animarle de nuevo, para poder escucharle de nuevo reír. Pero nada funcionó. Finalmente llegó un día, cuando Po Xin cumplió 12 años. Ese día, habló con sus padres:
- Papá, mamá, hecho de menos a Wang Ming. Hace mucho que no le veo, y me preocupa lo pobre que es. Pero me preocupan más los otros niños pobres, otros niños como él que no tengan para comer y vean sufrir a sus seres queridos. Papá, mamá, quiero convertirme en monje, y ayudar a otros que no son especiales como yo. Es decir, a los pobres.

Sus padres no podían dar créditos a lo que oían, y montaron en cólera. Era un privilegiado, pero se debía a que era especial, y de ninguna manera se mezclaría con los pobres. Po Xin insistió, y pidió que le explicaran la razón por la que era especial. La explicación de sus padres se basó en la tradición, la nobleza y la herencia de las antiguas dinastías, las cuales contaron con la bendición del Cielo. Aunque Po Xin pareció satisfecho, hubo una pregunta que dejó a su padre especialmente intranquilo: "Pero papá, ¿para contar con tu bendición no debo hacer algo que consideres digno? Si no he hecho nunca nada digno, como puedo contar con la bendición del Cielo?". Esta pregunta dejó terriblemente intranquilo a su padre.

Pasaron los meses, y el joven Po Xin seguía terriblemente entristecido. Sus padres no sabían ya que hacer, habían consultado a médicos y curanderos, hasta que un día, alguien llamó a su puerta. Se trataba de un monje budista, el cual se ofreció humildemente para intentar ayudar a su muchacho. Los padres aceptaron encantados.

El monje, llamado Xu Yun, era de cuerpo enjuto y delgado, tenía el cráneo rapado como dictaba su tradición y vestía con la ropa habitual de monje, ayudándose con un arrugado cayado para caminar. Irradiaba una paz contagiosa en su rostro, y sus ojos parecían capaces de calmar a una fiera pues aparentaban ser enormes remansos de paz. Se sentó con el muchacho a hablar, que al principio parecía un poco tenso, pero poco después estaban hablando como si se conocieran de toda la vida. Al llegar el anochecer, Xu Yun se marchó, rechazando educadamente la invitación de la familia Po para que permaneciera en la casa. Po Xin preguntó si el maestro volvería mañana, y sus padres al instante vieron que algo había cambiado en Po Xin, pero se asustaron al pensar que el monje no había dicho nada.

Sin embargo, volvió. Volvió durante una semana pese a los requerimientos de la familia Po por quedarse allí mismo, Xu Yuan decía que los paseos le ayudaban a pensar. Estuvo durante una semana hablando con el muchacho, explicándole "Las Cuatro Nobles Verdades" y "Las Tres Características de la Existencia". Al final del séptimo día, le dijo que no volvería más. Po Xin entristeció y casi llegó a llorar, pero Xu Yuan le reprendió "¿Que te he enseñado? El ser es insustancial, el sufrimiento una ilusión. Tienes un buen corazón, y he plantado en ti la semilla de la sabiduría. Pero tú debes regarla y cuidarla. Tu tarea es que germine, porque es una tarea que yo no puedo realizar por ti".

Po Xin se quedó paralizado un momento...luego sonrió. "¿Pero puedo ir a verte y que me ayudes? Mi tarea es hacer que germine, pero tu puedes ayudarme y enseñarme a cuidarla".
- No, no puedo. La semilla es la misma, la sabiduría, pero la planta es distinta, y cada una requiere unos cuidados.
- Pero las plantas tienen hojas, y tallo, y fruto. Aunque son distintas, son parecidas. Tú puedes enseñarme y ayudarme, pero yo seré quien la cuide.
- Eres un jovencito muy inteligente. Ven siempre que quieras, vivo en el monasterio de la montaña.
- ¿El de la montaña? ¿Ese que está tan lejos, a varias horas de camino?
Xu Yuan se rió. "Varias horas no son nada, cuando uno viene a ver a un muchacho tan interesante como tú".

Desde ese día, Po Xin visitó a diario el monasterio, rezó y se educó en la fe budista, aunque no llegó a ordenarse sacerdote. Cultivó mente, cuerpo y espíritu, y llegó el día en el que comprendió que, realmente, no comprendía nada del mundo. Dejó su familia y se convirtió en un errante, que ayudaba donde fuera y a quien fuera, fuera lo que fuese que necesitaba si no hacía daño a nadie.

Y así se reencontró con Wang Ming, en las cercanías de la prefectura de Jinzhong. Sin embargo, no se hacía llamar de esa manera, si no que había tomado esa identidad por ayudar a la familia de un hombre moribundo, y a su propia familia que estaba sufriendo fuertes penurias. Por esa razón, Po Xin se quedó con él, para ayudarle con la carga de vivir la vida de otro.

Y pronto descubrió que había tomado la decisión adecuada, puesto que ahora Wang Ming servían a Wu Xing, heredero de la prefectura de Jinzhong, el cual era un hombre bueno que se preocupaba por las personas que un día gobernaría.
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